En 1631, el sínodo nacional de las iglesias reformadas de Francia, reunido en Charenton, eligió a un joven pastor de Saumur para llevar al rey Luis XIII las quejas de los hugonotes perseguidos. La costumbre exigía que los diputados protestantes hablaran al monarca de rodillas. Aquel pastor se negó. Insistió en dirigirse al rey de pie, como lo hacían los representantes católicos, y lo consiguió. Se llamaba Moïse Amyraut (1596-1664), y pocos años después su nombre quedaría unido a una de las controversias más importantes de la teología reformada: el amiraldismo.
Hoy muchos creyentes sostienen esta postura sin saber cómo se llama. Es la de quienes dicen: «Soy calvinista, pero de cuatro puntos: creo en la elección, pero Cristo murió por todos». Vale la pena conocer su historia, entender qué enseña y ver por qué las iglesias reformadas, después de pensarlo mucho, no la recibieron.
Amyraut fue discípulo del escocés John Cameron (c. 1579-1625), profesor en la Academia de Saumur, que ya había propuesto ideas parecidas. En 1634 Amyraut publicó su Breve tratado de la predestinación y sus principales dependencias. Su propuesta, llamada también universalismo hipotético, puede resumirse así:
Es decir: una voluntad universal y condicional de salvar a todos, y otra particular y absoluta de salvar a los elegidos. La cruz habría hecho la salvación posible para todos, y la elección la haría real para algunos. Es exactamente la idea que aparece cuando alguien dice: «la salvación se le ofrece a todo el mundo y todos tienen la posibilidad real de ser salvos, pero solo los escogidos se benefician en última instancia».
Conviene ser justos: Amyraut no era arminiano. Afirmaba la depravación total, la elección incondicional y la gracia eficaz. Su intención era pastoral: quería proteger la sinceridad de la oferta universal del evangelio y responder a la acusación católica de que el Dios de los calvinistas era cruel. El problema no estaba en su intención, sino en el remedio.
La discusión no nació de la nada. En el Sínodo de Dort (1618-1619), convocado para responder a los remonstrantes arminianos, la delegación británica, en la que estaban John Davenant y Samuel Ward, defendió que la muerte de Cristo tenía una dimensión universal además de la particular. El resultado fue una redacción cuidadosa en el segundo capítulo de doctrina:
«La muerte del Hijo de Dios es la única y perfectísima ofrenda y satisfacción por los pecados, de infinito valor y precio, abundantemente suficiente para expiar los pecados del mundo entero.»
Cánones de Dort, II.3
Pero Dort no se detuvo en la suficiencia. Unos artículos después definió la intención de la cruz:
«Porque este fue el consejo absolutamente libre, la voluntad misericordiosa y la intención de Dios Padre: que la virtud vivificadora y salvadora de la preciosísima muerte de su Hijo se extendiese a todos los predestinados […]; es decir, que Cristo, mediante la sangre de la cruz […], redimiese eficazmente de entre todos los pueblos, tribus, linajes y lenguas a todos aquellos, y solo a aquellos, que desde la eternidad fueron escogidos para salvación.»
Cánones de Dort, II.8
Y en el «Rechazo de errores» del mismo capítulo, Dort condenó a quienes distinguen entre lo que Cristo adquirió para todos y lo que Dios aplica a algunos, cuando esa distinción se usa para decir que Dios quiso dar por igual a todos los beneficios de la cruz (II, Rechazo de errores 6). Amyraut escribió quince años después y siempre sostuvo que su enseñanza cabía dentro de Dort. Sus críticos pensaban que no.
El libro de Amyraut cayó como una bomba en el mundo reformado. En su contra se levantaron algunos de los teólogos más respetados de su tiempo: Pierre du Moulin en Sedán, André Rivet y Friedrich Spanheim en los Países Bajos. Spanheim le dedicó una obra entera, Exercitationes de gratia universali (1646). La Academia de Saumur pasó a ser vista con sospecha en Ginebra, Leiden y Basilea.
Sin embargo, las iglesias francesas, presionadas por una monarquía hostil y temerosas de dividirse, actuaron con cautela. En el Sínodo de Alençon (1637) Amyraut fue examinado y absuelto, aunque se le advirtió que evitara expresiones ambiguas. Algo parecido ocurrió en el Sínodo de Charenton (1644-1645) y en el último sínodo nacional, el de Loudun (1659). Francia nunca lo condenó formalmente.
Fuera de Francia el veredicto fue otro. En 1675 las iglesias de Suiza aprobaron la Fórmula de Consenso Helvética, redactada por Johann Heinrich Heidegger con la participación de Francisco Turretini en Ginebra. Varios de sus cánones rechazan expresamente el universalismo hipotético de Saumur y reafirman que Cristo murió para salvar de hecho a los elegidos. Turretini, en sus Institutos de teología elénctica, dedicó largas páginas a refutar a los «teólogos de Saumur».
Mientras tanto, en Londres, la Asamblea de Westminster también discutió la extensión de la expiación. En octubre de 1645, según las actas de la Asamblea, el puritano Edmund Calamy defendió una postura cercana a la de Davenant: Cristo murió de manera especial por los elegidos, pero también con una intención general por todos. Otros, como George Gillespie y Samuel Rutherford, sostuvieron la redención particular.
El texto final de la Confesión es claro:
«Ni hay otros redimidos por Cristo, eficazmente llamados, justificados, adoptados, santificados y salvados, sino solamente los elegidos.»
Confesión de Fe de Westminster, 3.6
«A todos aquellos para quienes Cristo ha obtenido redención, cierta y eficazmente se la aplica y comunica.»
Confesión de Fe de Westminster, 8.8
Dos años después, en 1647, un joven John Owen, de apenas 31 años, publicó La muerte de la muerte en la muerte de Cristo, probablemente la defensa más completa jamás escrita de la redención particular. Tres siglos más tarde, J. I. Packer escribiría en su famosa introducción a esa obra que la diferencia entre ambos sistemas «no es primariamente de énfasis, sino de contenido: uno proclama a un Dios que salva; el otro habla de un Dios que capacita al hombre para salvarse a sí mismo».
Amyraut se presentaba como alguien que volvía a Calvino frente a los «escolásticos» reformados. El debate sigue vivo entre historiadores: R. T. Kendall (Calvin and English Calvinism to 1649, 1979) sostuvo que Calvino enseñaba una expiación universal; Paul Helm le respondió en Calvin and the Calvinists (1982). Calvino nunca trató la cuestión con la precisión técnica del siglo XVII. Pero su comentario a 1 Juan 2:2, el texto favorito de los universalistas, es revelador:
«Aquí se pregunta cómo han sido expiados los pecados del mundo entero. […] Los que dicen que Cristo padeció suficientemente por todos, pero eficazmente solo por los elegidos, dicen algo verdadero; pero niego que eso se ajuste a este pasaje. Porque el propósito de Juan no era otro que hacer común este beneficio a toda la iglesia. Por tanto, bajo la palabra “todos” no incluye a los réprobos, sino que se refiere a los que habrían de creer y a los que estaban dispersos por diversas partes del mundo.»
Juan Calvino, Comentario a 1 Juan 2:2
En el amiraldismo, el Padre elige a algunos, el Hijo muere por todos y el Espíritu aplica la salvación a algunos. Pero la Escritura presenta una sola obra con un solo pueblo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí […]. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada» (Juan 6:37-39). En su oración sacerdotal, Jesús dice: «No ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son» (Juan 17:9). ¿Murió el Hijo por quienes no quiso interceder?
La Biblia describe la obra de Cristo con verbos de logro, no de posibilidad. Él «llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24); «por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5); «habiendo obtenido eterna redención» (Hebreos 9:12); «con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14). Una redención que no redime a nadie hasta que el hombre aporta algo deja de ser redención.
En el Antiguo Testamento el sumo sacerdote ofrecía el sacrificio e intercedía por las mismas personas: las doce tribus cuyos nombres llevaba sobre el pecho (Éxodo 28:29). Así también Cristo: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? […] Cristo es el que murió […], el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:32-34). El mismo «nosotros» por quienes murió es el «nosotros» por quienes intercede. Y «puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).
Este es el famoso argumento de Owen. El Padre descargó su ira, y el Hijo sufrió el castigo, por una de estas tres cosas:
Si es lo tercero, todos tienen pecados por los que responder y nadie se salva. Si es lo primero, ¿por qué no se salvan todos? Se dirá: «por su incredulidad». Pero la incredulidad, ¿es pecado o no? Si lo es, o Cristo sufrió por ella o no. Si sufrió por ella, ¿por qué ha de impedir la salvación más que cualquier otro pecado por el que murió? Si no sufrió por ella, no murió por todos sus pecados. Queda, pues, lo segundo: Cristo cargó con todos los pecados de todos los elegidos.
Son la objeción más seria y merecen respuesta honesta:
Amyraut temía que la redención particular enfriara la evangelización. Pero la ortodoxia reformada nunca negó la oferta universal del evangelio. Dort la afirma con fuerza:
«La promesa del evangelio es que todo aquel que cree en Cristo crucificado no se pierda, sino que tenga vida eterna. Esta promesa debe ser anunciada y proclamada sin distinción a todos los pueblos y personas a quienes Dios, según su beneplácito, envía el evangelio, junto con el mandato de arrepentirse y creer.»
Cánones de Dort, II.5
Dios dice sinceramente: «No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva» (Ezequiel 33:11). Cristo invita sinceramente: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mateo 11:28). Y no anunciamos al pecador «Cristo murió por ti, ahora te toca a ti», sino «Cristo es un Salvador perfecto: ven a Él y no serás echado fuera» (Juan 6:37).
La historia lo confirma. George Whitefield, que predicó a multitudes en ambos lados del Atlántico, creía en la redención particular. También William Carey, el bautista particular que abrió la era de las misiones modernas en la India. Y Charles Spurgeon, que llenaba cada domingo el Metropolitan Tabernacle de Londres con un evangelio dirigido a todos, predicó en 1858 un sermón titulado precisamente «Redención particular». En él respondía a quienes lo acusaban de limitar la expiación:
«Se nos dice con frecuencia que limitamos la expiación de Cristo. […] Nosotros respondemos: no, querido señor, son ustedes los que la limitan. Nosotros decimos que Cristo murió de tal manera que aseguró infaliblemente la salvación de una multitud que nadie puede contar.»
C. H. Spurgeon, «Particular Redemption», 1858
Se suele ilustrar así: unos ofrecen un puente muy ancho que llega solo hasta la mitad del río; nosotros predicamos un puente que llega hasta la otra orilla. Todos los que caminan por él llegan.
El amiraldismo nació de hombres piadosos, con una preocupación real por el evangelio y en medio de la persecución. Hay que tratarlo con respeto: no es el arminianismo, y muchos hermanos lo sostienen de buena fe. Pero la Iglesia reformada, en Dort, en Westminster y en la Fórmula de Consenso Helvética, concluyó con la Escritura que la cruz no fue un intento, sino una victoria.
Y esa verdad no es fría: es la base de nuestra seguridad. Si Cristo murió por ti, tu salvación no pende de un hilo. Él no hizo un pago provisional a la espera de tu firma: pagó toda tu deuda. Por eso podemos cantar con el apóstol: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió» (Romanos 8:33-34).
¿Habías oído hablar del amiraldismo? ¿Te consideras «calvinista de cuatro puntos»? Te leemos en los comentarios, con respeto y con la Biblia abierta.
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