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La Confesión Escocesa de 1560

📅 August 7, 2026 🏷 Teología


Historia de la Iglesia · Confesiones Reformadas

Cuatro días, seis Juanes y una nación puesta bajo la Palabra

En agosto de 1560, mientras Escocia salía de décadas de conflicto, un parlamento entero se detuvo a escuchar, artículo por artículo, un compendio de la fe cristiana. No lo redactó un concilio de años ni una universidad: lo escribieron seis hombres en cuatro días. Y cambió el rostro espiritual de una nación.

El contexto: una nación en la balanza

En 1559 John Knox regresó a Escocia desde su exilio en Ginebra y Fráncfort, donde había bebido directamente de la teología de Calvino. El país hervía. La reina regente, María de Guisa, defendía con dureza la causa romana, pero su muerte en 1560 y la retirada de las tropas francesas e inglesas de Leith dejaron el terreno abierto para que la Reforma dejara de ser un movimiento perseguido y se volviera realidad nacional.

El Parlamento escocés se reunió en Edimburgo aquel agosto para ordenar la casa. Una de sus primeras decisiones fue encargar a los ministros protestantes que pusieran por escrito, con claridad, qué era exactamente esa fe reformada que Escocia estaba a punto de abrazar.

Los «seis Juanes»

La tarea recayó sobre seis hombres que, por una de esas providencias que parecen guiño divino, compartían el mismo nombre de pila. La tradición los recuerda como the Six Johns — los seis Juanes:

John KnoxMinistro de St. Giles, Edimburgo. Figura dominante.
John WinramSubprior de St. Andrews.
John SpottiswoodeLuego superintendente de Lothian.
John WillockSuperintendente de Glasgow y el oeste.
John DouglasRector de St. Andrews.
John RowMinistro de Perth.

Se les dieron cuatro días. Cumplieron en cuatro días. La rapidez no fue improvisación, sino todo lo contrario: eran hombres que ya habían pensado, sufrido y debatido estas verdades durante años. Cuando llegó el momento de escribirlas, la tinta solo tuvo que alcanzar lo que el corazón ya confesaba.

Una confesión que se sabe falible

Aquí está, quizá, el rasgo más hermoso del documento. En su prefacio, los seis Juanes no reclaman infalibilidad. Al contrario, invitan abiertamente a la corrección:

Si algún hombre nota en esta nuestra confesión algún artículo o frase que repugne a la santa Palabra de Dios, que tenga a bien, por caridad cristiana, advertírnoslo por escrito; y nosotros, por nuestro honor y fidelidad, le prometemos satisfacción de la boca de Dios —esto es, de sus santas Escrituras— o bien la reforma de aquello que se pruebe estar mal.
Prefacio de la Confesión Escocesa, 1560

Esto es el corazón del principio reformado: solo la Escritura es infalible. Una confesión, por sólida que sea, siempre se somete a la Palabra. John Row lo resumió diciendo que no tomaron su patrón de ninguna iglesia del mundo —ni siquiera de la propia Ginebra—, sino que, poniendo la Palabra de Dios delante de ellos, reformaron conforme a ella, primero en doctrina y luego en disciplina.

El contenido: 25 capítulos de fe robusta

La Confesión despliega, en veinticinco capítulos, la fe cristiana entendida desde una perspectiva marcadamente calvinista y bíblica. Entre sus columnas doctrinales:

  • La soberanía absoluta de Dios en la creación, la providencia y la salvación.
  • La salvación por pura gracia, obrada en la elección y aplicada por el Espíritu, no por mérito humano.
  • La autoridad suprema de las Escrituras como única norma infalible de fe y vida.
  • Las marcas de la verdadera Iglesia: la predicación fiel de la Palabra, la recta administración de los sacramentos y una disciplina eclesiástica bíblica.
  • Cristo como único Mediador y cabeza de su Iglesia, frente a toda pretensión de mediación humana.

El día de la votación

Cuando el documento se leyó ante el Parlamento —dos veces, artículo por artículo— los ministros protestantes esperaban en tensión, listos para defender cada punto si era atacado. El desafío nunca llegó. Lo mejor que los enemigos de la Reforma supieron oponer fue una frase resignada:

Creeremos como creyeron nuestros padres.
Los pocos disidentes, según el relato de Knox

Y los obispos —«papistas, queremos decir», anota Knox con su habitual filo— no dijeron nada en absoluto. La Confesión fue ratificada con apenas un puñado de votos en contra. Escocia tenía, por primera vez, una norma subordinada protestante.

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Su fruto y su legado

En diciembre de 1560, la primera Asamblea General de la Iglesia de Escocia aprobó tanto la Confesión como el Primer Libro de Disciplina. El documento fue ratificado de nuevo por el Parlamento en 1567 y permaneció como norma subordinada del Kirk escocés durante unos ochenta años, hasta que la más amplia y detallada Confesión de Westminster (1647) tomó su lugar.

Conviene subrayar algo: la adopción de Westminster no fue un repudio de la Confesión Escocesa, sino su maduración. De hecho, dado el espíritu humilde de su prefacio, cuesta imaginar a los seis Juanes sintiéndose desplazados; más bien se habrían alegrado de ceder el paso a un documento aún más pulido. Técnicamente, la Confesión Escocesa nunca fue derogada y sigue en pie como testimonio de la Iglesia escocesa.

Cuatro días bastaron porque detrás había años de gracia. Una nación se puso de rodillas ante la Palabra, y de aquella confesión rápida brotó una unidad que aún anhelamos: no la unidad de las opiniones, sino la que nace de someterlo todo —incluso la propia confesión— a las Escrituras. A Dios solo la gloria.

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