Carácter · Liderazgo · Iglesia
Cuando el ego se disfraza de vocación y la inmadurez se hace pasar por llamado
Hay una figura que reaparece en cada generación de la iglesia. Llega demandando cuidado, se cree líder por instinto, interpreta toda corrección como persecución y confunde el ruido de su presencia con la autoridad del Espíritu. No es una novedad de nuestros tiempos ni el fruto de las redes sociales. Es tan antiguo como el pueblo de Dios, y la Escritura lo retrata sin misericordia cosmética. El diagnóstico bíblico, sin embargo, es más incómodo de lo que suponemos: el problema nunca fue de talento, sino de corazón.
Diótrefes, o el amor a la preeminencia
3 Juan 9–10
El apóstol Juan lo nombra con una precisión quirúrgica. No lo acusa de herejía, ni de inmoralidad escandalosa, ni de negar la fe. Lo define por una sola cosa:
…el cual ama tener el primer lugar entre ellos.
3 Juan 9
Ese es todo su pecado, y es suficiente para arruinar una congregación. Diótrefes rechazaba la autoridad apostólica, hablaba con palabras malignas contra los hermanos, no recibía a los que venían y expulsaba a quienes sí los acogían. Observa el orden de los síntomas: el amor a la preeminencia produjo primero desprecio por la autoridad, luego calumnia, luego rechazo, y finalmente exclusión de los inocentes. El ego no permanece quieto; siempre termina hiriendo al rebaño. Y nótese lo que Juan no dice: no lo diagnostica por lo que enseñaba, sino por lo que amaba.
Coré, o la ambición vestida de piedad
Números 16
Coré, Datán y Abiram se levantaron contra Moisés con un argumento espiritualmente impecable. No dijeron «queremos el poder». Dijeron:
…toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?
Números 16:3
Sonaba a defensa de la igualdad del pueblo. Era una toma de poder. Este es el patrón más peligroso: el inmaduro que envuelve su ambición en lenguaje devoto —«solo busco el bien de la iglesia», «solo defiendo la verdad»— mientras socava a quienes Dios ha puesto. Judas, siglos después, todavía usa este episodio como advertencia permanente contra los que perecieron en la contradicción de Coré (Judas 11). La piedad puede ser el disfraz más eficaz del orgullo.
Corinto, o la carnalidad que se cree avanzada
1 Corintios 3:1–4
Toda una iglesia enferma del mismo mal. Pablo los desnuda sin cortesía: eran carnales, niños en Cristo, incapaces de tomar alimento sólido. ¿La evidencia de su inmadurez? No un error doctrinal, sino su conducta:
…pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales?
1 Corintios 3:3
Se sentían ricos, sabios, ya reinando (4:8), cuando en realidad eran criaturas peleándose por bandos: «yo soy de Pablo», «yo de Apolos». Confundían los dones llamativos con la madurez, y la elocuencia con la santidad. La madurez espiritual no se mide por lo que uno sabe decir, sino por cómo trata a sus hermanos.
Los discípulos, o la corrección del Maestro
Marcos 10:35–45
Y aquí la Escritura nos impide sentirnos superiores. Los mismos apóstoles, antes de la cruz, discutían quién sería el mayor. Jacobo y Juan pidieron los asientos de honor. Jesús no los expulsó: redefinió el liderazgo desde su raíz.
…el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos.
Marcos 10:43–44
La ambición de mando es en sí misma la descalificación. Por eso el liderazgo bíblico se otorga por carácter probado —irreprensible, no soberbio, no un neófito (1 Timoteo 3:2–6)— precisamente para filtrar a los Diótrefes antes de que dañen al cuerpo. El oficio no cura el ego; lo amplifica.
Queda entonces un discernimiento pastoral que no podemos delegar. El corintio y el discípulo eran inmaduros, pero enseñables, y se corrigen con paciencia y discipulado. Coré y Diótrefes ya no eran enseñables, y requieren confrontación y disciplina. Saber ante cuál de los dos estamos es una de las cargas más solemnes del ministerio. Pero el punto de partida es siempre el mismo, y comienza en el espejo antes que en el otro: ¿amo yo el primer lugar, o amo al Cordero que lo dejó todo para servir?
«El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Lucas 14:11 · Soli Deo Gloria