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Ni nómadas ni cautivos

✍ 📅 August 28, 2026 🏷 Teología

Eclesiología · Vida de la Iglesia

Los dos extremos de quien no discierne: el que huye de toda iglesia y el que se somete a cualquiera

Existen dos maneras opuestas de dañar la propia vida en la iglesia, y ambas nacen de la misma carencia: un corazón que no ha sido formado por la Palabra. Uno peregrina sin fin buscando una congregación sin mancha; el otro permanece encadenado a un liderazgo que lo controla. En apariencia son contrarios. En el fondo, son hermanos.

El nómada: cuando la iglesia se juzga por el sentir

Hay creyentes que van de iglesia en iglesia buscando la perfección. Se marchan por un mal sentir, por una ofensa no sanada, o —lo más grave— amparados en un supuesto «Dios me dijo que esta ya no era mi iglesia». El problema es que esa voz rara vez se somete a examen. Se sacraliza el descontento y se le pone nombre divino a lo que muchas veces es orgullo herido, incomodidad o simple sed de novedad.

Detrás de esto hay una eclesiología emocional: la congregación se evalúa por cómo me hace sentir, no por lo que predica ni por su fidelidad a la Escritura. Y quien camina así no ha entendido una verdad elemental: la iglesia perfecta no existe de este lado de la gloria. Toda congregación está formada por pecadores en proceso de santificación. El que busca la iglesia sin defecto peregrinará toda su vida, porque el defecto que más le estorba no está en el banco de al lado, sino en su propio pecho.

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?»
Jeremías 17:9 · RVR1960

Sin estudio serio de la Biblia y de la teología, el nómada queda a merced precisamente de aquello que la Escritura declara engañoso: sus propios sentimientos. Cree seguir al Espíritu, pero sigue su estómago. Y como nunca echa raíces, nunca es discipulado, nunca rinde cuentas, nunca madura.

El cautivo: cuando el liderazgo suplanta a Cristo

En el otro extremo están quienes permanecen en congregaciones que manipulan al creyente. Allí hay que pedir permiso para visitar otra iglesia, se vigila con quién te relacionas, y en los casos más severos el liderazgo decide con quién debes casarte. Esto no es pastoreo: es señorío.

La Escritura es explícita sobre lo que un anciano no debe ser:

«…no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey.»
1 Pedro 5:3 · RVR1960

El mismo Señor Jesús trazó la línea con claridad, contrastando a sus siervos con los gobernantes del mundo:

«Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas… Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor.»
Mateo 20:25-26 · RVR1960

La marca del abuso espiritual es siempre la misma: sustituir la autoridad de Cristo y de la Escritura por la autoridad de un hombre. El pastor bíblico apacienta y equipa para que el creyente crezca, discierna y camine firme por sí mismo (Efesios 4:11-13). El manipulador infantiliza para crear dependencia, porque un rebaño que no piensa es un rebaño que no se va. Donde debía haber libertad en Cristo, hay servidumbre; y no hay ironía mayor que la de un evangelio de gracia predicado desde un púlpito que esclaviza.

La raíz común: una iglesia que no discipuló

Aunque parezcan opuestos, el nómada y el cautivo delatan la misma falla. El primero nunca aprendió a discernir; el segundo aprendió a obedecer sin discernir. Uno sobra en subjetividad, el otro en sometimiento, pero a ambos les falta lo mismo: criterio bíblico. Son el fruto de congregaciones que no formaron creyentes, sino que solo administraron emociones o exigieron obediencia.

Por eso el estudio de la doctrina no es un lujo académico ni un pasatiempo de eruditos. Es protección pastoral. El creyente enseñado en la Palabra reconoce dos peligros a la vez: al lobo que viene de fuera y al corazón engañoso que lleva dentro. No se marcha por un mal sentir, porque ha aprendido a distinguir la voz de Dios de su propio antojo. Y no se queda por miedo, porque conoce la libertad con que Cristo lo hizo libre.

«Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.»
Gálatas 5:1 · RVR1960

Qué buscar de verdad en una iglesia

La Escritura no nos manda buscar una iglesia sin pecado, sino una iglesia fiel. Y la fidelidad tiene marcas reconocibles: la Palabra predicada con pureza, los sacramentos administrados conforme a su institución, y una disciplina que restaura sin tiranizar. No un lugar donde nunca me incomoden, ni un lugar donde nunca me dejen pensar, sino uno donde sea confrontado por el Evangelio y amado hasta la madurez.

Comprometerse con una congregación imperfecta pero fiel, someterse al pastoreo legítimo sin renunciar al discernimiento, y crecer en el conocimiento hasta ya no ser «niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina» (Efesios 4:14): ahí está el camino que evita ambos precipicios. Ni nómadas que huyen de toda autoridad, ni cautivos que se rinden a cualquiera. Sino hijos libres, arraigados, y firmes.

Soli Deo Gloria.

Categorías: Teología