Este lunes 5 de octubre, Pedro Sánchez anunció la disolución de las Cortes y convocó elecciones generales anticipadas para el domingo 29 de noviembre de 2026. La decisión llega tras la caída en el Congreso de los decretos de vivienda y después de meses sin poder aprobar los Presupuestos. Empiezan casi dos meses de campaña, debates, encuestas y crispación.
¿Cómo debe vivir un cristiano este momento? ¿Votar es un deber, una opción o una distracción de lo espiritual? La tradición reformada lleva cinco siglos pensando estas preguntas, y tiene respuestas que nos ayudan a no caer en dos errores muy comunes: desentendernos de la política o esperar de la política lo que solo puede dar Cristo.
Este artículo no te va a decir a quién votar. Te propone algo mejor: pensar tu voto con la Biblia abierta.
El punto de partida reformado no es un partido, sino la soberanía de Dios. «No hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas» (Romanos 13:1). Ningún resultado electoral le toma por sorpresa: «Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes» (Daniel 2:21).
Esto nos da una enorme paz. El 29 de noviembre no se decide el destino eterno de nadie ni el futuro del Reino de Dios. Pero la soberanía de Dios no nos vuelve pasivos: Dios gobierna la historia a través de medios, y en una democracia uno de esos medios es el voto de los ciudadanos. Nuestra Constitución dice que «la soberanía nacional reside en el pueblo español» (art. 1.2). Es decir, en España una parte de la responsabilidad del gobierno civil está puesta, literalmente, en tus manos.
Cuando Israel estaba exiliado en Babilonia, un imperio pagano, Dios no le dijo que se aislara. Le dijo: «Procurad la paz de la ciudad a la cual os hice transportar, y rogad por ella a Jehová; porque en su paz tendréis vosotros paz» (Jeremías 29:7).
Juan Calvino, en el último capítulo de la Institución de la religión cristiana (libro IV, cap. 20), defiende que el gobierno civil no es algo impuro para el creyente, sino una vocación honrosa que Dios usa para preservar la justicia y la paz. Abraham Kuyper lo resumió en una frase célebre: «No hay un solo centímetro cuadrado en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre el cual Cristo, que es soberano sobre todo, no clame: “¡Mío!”».
La política también es uno de esos centímetros. Votar con responsabilidad es una manera concreta de amar al prójimo: a la familia que no llega a fin de mes, al anciano que vive solo, al niño que todavía no ha nacido, al inmigrante que acaba de llegar.
Aquí entra una doctrina muy reformada: la depravación total. El pecado afecta a todos los seres humanos y a todas sus instituciones. Eso incluye a la izquierda, a la derecha y al centro; a los políticos que nos caen bien y a los que no.
«No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación» (Salmo 146:3). Cuando un cristiano pone su esperanza en un líder o en unas siglas, convierte la política en un ídolo. Y los ídolos siempre terminan defraudando y dividiendo a la iglesia.
Votamos con seriedad, pero sin mesianismo. Nuestra ciudadanía principal «está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo» (Filipenses 3:20).
Ningún programa electoral coincide al cien por cien con la Escritura. Por eso el voto cristiano casi siempre exige prudencia: sopesar, priorizar y elegir entre opciones imperfectas. Estas preguntas pueden ayudarte a leer los programas (no solo los eslóganes):
Hermanos sinceros, con la misma Biblia, pueden llegar a conclusiones distintas al ponderar estas cuestiones. Eso no es relativismo: es reconocer que en las decisiones prudenciales Dios nos ha dado libertad de conciencia (Romanos 14:4-5).
La Confesión de Fe de Westminster es muy clara: los sínodos y concilios no deben tratar sino lo que es eclesiástico, y «no deben inmiscuirse en los asuntos civiles que conciernen al Estado» (cap. 31.4), salvo en casos extraordinarios.
El púlpito predica a Cristo, enseña los principios de la Palabra y forma conciencias. Pero no reparte papeletas. Si en tu iglesia hay hermanos que votan distinto que tú, en la Cena del Señor os sentáis a la misma mesa. Que la campaña no rompa lo que Cristo unió con su sangre.
Es una pregunta legítima. La ley española permite también el voto en blanco y la abstención. Antes de decidir, pregúntate con honestidad: ¿me abstengo por convicción de conciencia, o por pereza y desencanto? Recuerda que no elegir también tiene consecuencias para el prójimo. En cualquier caso, decide delante de Dios, no por presión de unos ni de otros.
Pablo escribió a Timoteo bajo el Imperio romano, no precisamente un gobierno cristiano: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» (1 Timoteo 2:1-2).
Ese es el camino para estas semanas:
«Jehová reina; temblarán los pueblos. Él está sentado sobre los querubines, se conmoverá la tierra.» (Salmo 99:1)
¿Cómo estás viviendo tú este adelanto electoral? Te leemos en los comentarios, siempre con respeto.
Únete a la comunidad reformada y recibe cada semana un estudio bíblico profundo y recursos gratuitos.
Sin spam. Solo teología. Puedes salir cuando quieras.
Pronto recibirás tu primer estudio bíblico.
Que Dios bendiga tu búsqueda de Su Palabra.